Biografía
María Francisca Teresa Martín Guérin nace en Alenzón, en francés Alençon, Normandía, al noroeste de Francia el 2 de enero de 1873. Era la menor de sus hermanas. Sus padres, Luis Martín y María Celia Guérin han sido declarados beatos por la Iglesia Católica. Y actualmente hay abierto proceso de beatificación para su hermana Leonia, así como previsible para las otras hermanas.
Su Madre, Muere el 28 de agosto de 1877, cuando Teresa tiene apenas 4 años. Luis Martín decide trasladar a la familia a la ciudad de Lisieux donde reside la familia de su esposa, quienes le prometieron a la Señora Celia cuidar de sus hijas después de su muerte.
Sintió la vocación religiosa desde muy pequeña, en la que ya venía pensando en ser llamada "Teresa del Niño Jesús". En una visita al convento, la Madre Priora le dijo, sin que Teresa lo haya nunca mencionado: "cuando vengas a vivir con nosotras, mi querida hija, os llamaréis Teresa del Niño Jesús", lo cual la Santa interpretó como "una delicadeza de mi amado Niño Jesús".1
Uno de los episodios más recordados en su vida fue el de la gran conversión de la Navidad de 1886. Ella misma lo dice: “En esa noche de navidad acababa de nacer otra Teresita. Jesús me transformo de tal manera que ni yo misma me conocía”. Se refiera al cambio de su personalidad, que paso de ser muy sensible y consentida al de una chica muy madura y con experiencia espiritual.
Poco después de la “gran gracia de la Navidad”, escucha de un hombre que había asesinado a tres mujeres en París, su nombre era Enrique Pranzini. Teresa decide adoptarlo como su primer hijo espiritual y ofrece sus sacrificios y varias misas, que manda hacer con ayuda de su hermana Celina, para alcanzar de Dios la conversión de este pecador antes de su ejecución, o por lo menos algún signo de arrepentimiento. Pranzini había recibido sentencia de muerte, fue ejecutado el 31 de agosto de 1887, pero unos días después llegó a su casa el periódico católico “La Croix” (en español la cruz) informando que aunque Pranzini no quiso confesarse, antes de subir a la guillotina, pidió un crucifijo para luego besarlo repetidas veces. Así, ella sintió que sus sacrificios y plegarias habían sido escuchadas.
Cuando contaba 14 años tomó ya la resolución de convertirse en religiosa y el 26 de mayo de 1887 le pide a su padre el permiso para ingresar al Carmelo de Lisieux. Su padre, muy conmovido y alegre le da su bendición para este proyecto.
Tuvo muchos inconvenientes para su entrada al convento. Esto llevó a Don Luis Martín y a Teresa a conversar con el Padre superior, quien también se negó, de ahí con el Sr. Obispo de su diócesis, que tampoco aceptó y finalmente decidió ir en persona, tenía 15 años, a hablar con el Sumo Pontífice a Roma, para aquel entonces León XIII, quien le recomendó obedecer las instrucciones de sus superiores.2
Finalmente le llegó el permiso solicitado al Papa y es en el 9 de abril de 1888 que es recibida por fin en el Monasterio del Carmelo de Lisieux, tres meses después de su petición al Papa, por lo tanto con sólo 15 años de edad. En dicha ciudad vivía desde los 4 años, pues tras la muerte de su madre toda su familia se trasladó allí a vivir.
En su vida dio gran valor a la oración y a los pequeños actos. Destaca sobre todo en su espiritualidad lo que ella llamó "la pequeña vía" o "el pequeño caminito" que consiste en hacer hasta las cosas más pequeñas e insignificantes por amor a Dios, como si para él se hicieran, siempre ejercitándose en la humildad y la pequeñez, también la conocida "infancia espiritual" que proclama que hay que entregarse a los brazos de Dios como un niño, es decir, con gran inocencia, humildad, confianza en su misericordia y conocimiento de nuestra pobreza que nos lleva a solo estar completamente sostenidos por la gracia de Dios, tomando como base bíblica esa cita del evangelio: "El que se haga pequeño, como un niño, es el más grande en el reino de Dios" (Mt 18, 4).
Su doctrina habla de que son los sencillos actos, hechos con amor, el camino hacia la santificación: «La santidad no consiste en esta o la otra práctica, sino en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños entre los brazos de Dios, conscientes de nuestra flaqueza y confiados hasta la audacia en su bondad de Padre.»[cita requerida].

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